Llegando a la catedral en la segunda, un idiota se dispuso a hablar en un tono alto a mi chófersito. Me reventó mi pequeña burbuja de disfrute. Todo un patán, a decir verdad. Simplemente por no comunicar su parada en un tono alto. Bajé del taxi entre la segunda y tercera. Me dispuse, como cada semana, a caminar hasta la calle séptima a mi escuela. Iba repasando la fluidez del viaje en taxi, cuando, de la nada, un letrero. Que leía:
Jazz, café y literatura:
Venta y compra de libros raros
Venta y compra de libros raros
Volteé a ver hacía donde la flecha señalaba. Un pequeño y curioso callejón, revestido casualmente de ladrillos sin pintar. Ningún estupefaciente podría haber re-creado la lluvia de sentimientos que me bombardeó. Pensé en aventuras. Recordé cuando de niño, encontraba nuevos juguetes que creía perdidos.
¿Cómo pude haber pasado por ahí varias docenas de veces y jamás haberme dado cuenta?
¿Cómo me miraba al espejo todos los días al pasar por alto el objeto de mis fantasías?
¿Cómo pude haber pasado por ahí varias docenas de veces y jamás haberme dado cuenta?
¿Cómo me miraba al espejo todos los días al pasar por alto el objeto de mis fantasías?
Vi la hora. Si entraba, llegaría tarde a solicitar mi credencial en la escuela, y un rendez-vous social. No me importó. Entré, con mi corazón latiendo relativamente rápido. Mientras hacía mi camino por el estrecho pasillo, me llené de expectativa. Al final, otra flecha, que dictaba mi destino. Entré. Una tormenta de aromas me dio una abrasiva bienvenida. Olía a polvo. Olía a viejo. Olía a cuero. Habían trazos de humedad en el aire. Un pequeño cuarto, lleno de estantes de libros.
Volteé a ver a la joven a cargo. Di mis obligadas buenas tardes, y proseguí a inspeccionar cada centímetro de la área de literatura. Tomos. Charles Baudelaire. Clásicos de literatura de Inglaterra. Clásicos de literatura alemana. Un centenar de libros de los que nunca había oído hablar. Abrí uno, y lo olí. Sus páginas eran más amarillas que los dientes de un estereotipo Inglaterrense. Otros estaban cubiertos de plástico para preservarlos. Olía a libro viejo, más viejo de lo que jamás había tenido el placer de oler. Mi felicidad escalaba. La señorita veía vídeos musicales. Se paró de su asiento, y me preguntó si buscaba algo en especial, con una sonrisa. Escondiendo mi emoción, le dije:
"¿Tienes almuerzo desnudo, de David Cronenberg?" (Un bien conocido libro, y moderadamente fácil de conseguir.)
-"No, no realmente."-contestó.
Sonreí como mocoso. Ningún libro que yo conociera, aparte de los obligadísimos y merecidos clásicos. Mis días de sobrevivir en Gandhi se habían acabado. Mis días de emprender búsquedas de tesoros en librerías esotéricas también. Abrí un libro de 236 páginas. Vi el precio. Treinta y cinco miserables pesos mexicanos. Créame, querido lector, que si fuera socialmente aceptado tener múltiples orgasmos que me llevaran a mi éxtasis existencial, los hubiera tenido justo ahí. En una pequeña habitación que huele a libro viejo y humedad, entre la tercera y la cuarta, sobre niños héroes, entrando en un callejónsito, con "Celos", de Fanny Lú de fondo.
-"No, no realmente."-contestó.
Sonreí como mocoso. Ningún libro que yo conociera, aparte de los obligadísimos y merecidos clásicos. Mis días de sobrevivir en Gandhi se habían acabado. Mis días de emprender búsquedas de tesoros en librerías esotéricas también. Abrí un libro de 236 páginas. Vi el precio. Treinta y cinco miserables pesos mexicanos. Créame, querido lector, que si fuera socialmente aceptado tener múltiples orgasmos que me llevaran a mi éxtasis existencial, los hubiera tenido justo ahí. En una pequeña habitación que huele a libro viejo y humedad, entre la tercera y la cuarta, sobre niños héroes, entrando en un callejónsito, con "Celos", de Fanny Lú de fondo.
Saqué mi dinero. Sólo diez dolares. Maldije mi mala fortuna, pero recé para que el fin del mundo se postergara, y la librería siga en píe cuando regrese a las calles del centro. Compré dos. Manufacturados en el siglo veinte. "El filo de la navaja" Y "El descenso de Xanadú", por que recordé una historia acerca de Marco Polo y sus rutas de comercio. No sabía de que tratarían. No sabía si aguantarían el viaje a playas. Pero sabía que había encontrado un anatema. Un futuro éxodo de mi alma. Finalmente un espacio donde "Frankenstein Pasional" no me esperé alrededor del pasillo. Un retiro para mi alma. Y una razón para ahorrar. Mierda que es bueno.
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