miércoles, 26 de enero de 2011

Un pedacillo de cielo.

El viaje en el taxi fue particularmente ameno. El taxista manejaba con dexteridad. Evadía los baches con una suavidad surrealista, manejaba con su mano derecha y con la izquierda la apoyaba en el espacio de la ventana, dado al calor. La fría brisa fue cómplice del mismo calor, en un placentero balance veranero. (En medio de invierno, cabe notar.) Su cara se torcía en una perpetua sonrisa, su típico bigotillo jugaba parte de su mismo rol. Daba las gracias como ningún otro. Cuando la gente pedía bajarse, se esmeraba es frenar lenta y fluidamente. Pensé en preguntarle si alguna vez fue un chófer de reyes, pero era un pregunta estúpida. Pero algo era seguro. Si por cualquier razón me viera en la imperativa necesitad de aparecer a alguien que maneje por mi en una persecución en burra, sería él.

Llegando a la catedral en la segunda, un idiota se dispuso a hablar en un tono alto a mi chófersito. Me reventó mi pequeña burbuja de disfrute. Todo un patán, a decir verdad. Simplemente por no comunicar su parada en un tono alto. Bajé del taxi entre la segunda y tercera. Me dispuse, como cada semana, a caminar hasta la calle séptima a mi escuela. Iba repasando la fluidez del viaje en taxi, cuando, de la nada, un letrero. Que leía:
Jazz, café y literatura:
Venta y compra de libros raros

Volteé a ver hacía donde la flecha señalaba. Un pequeño y curioso callejón, revestido casualmente de ladrillos sin pintar. Ningún estupefaciente podría haber re-creado la lluvia de sentimientos que me bombardeó. Pensé en aventuras. Recordé cuando de niño, encontraba nuevos juguetes que creía perdidos.
¿Cómo pude haber pasado por ahí varias docenas de veces y jamás haberme dado cuenta?
¿Cómo me miraba al espejo todos los días al pasar por alto el objeto de mis fantasías?

Vi la hora. Si entraba, llegaría tarde a solicitar mi credencial en la escuela, y un rendez-vous social. No me importó. Entré, con mi corazón latiendo relativamente rápido. Mientras hacía mi camino por el estrecho pasillo, me llené de expectativa. Al final, otra flecha, que dictaba mi destino. Entré. Una tormenta de aromas me dio una abrasiva bienvenida. Olía a polvo. Olía a viejo. Olía a cuero. Habían trazos de humedad en el aire. Un pequeño cuarto, lleno de estantes de libros.

Volteé a ver a la joven a cargo. Di mis obligadas buenas tardes, y proseguí a inspeccionar cada centímetro de la área de literatura. Tomos. Charles Baudelaire. Clásicos de literatura de Inglaterra. Clásicos de literatura alemana. Un centenar de libros de los que nunca había oído hablar. Abrí uno, y lo olí. Sus páginas eran más amarillas que los dientes de un estereotipo Inglaterrense. Otros estaban cubiertos de plástico para preservarlos. Olía a libro viejo, más viejo de lo que jamás había tenido el placer de oler. Mi felicidad escalaba. La señorita veía vídeos musicales. Se paró de su asiento, y me preguntó si buscaba algo en especial, con una sonrisa. Escondiendo mi emoción, le dije:

"¿Tienes almuerzo desnudo, de David Cronenberg?" (Un bien conocido libro, y moderadamente fácil de conseguir.)
-"No, no realmente."-contestó.
Sonreí como mocoso. Ningún libro que yo conociera, aparte de los obligadísimos y merecidos clásicos. Mis días de sobrevivir en Gandhi se habían acabado. Mis días de emprender búsquedas de tesoros en librerías esotéricas también. Abrí un libro de 236 páginas. Vi el precio. Treinta y cinco miserables pesos mexicanos. Créame, querido lector, que si fuera socialmente aceptado tener múltiples orgasmos que me llevaran a mi éxtasis existencial, los hubiera tenido justo ahí. En una pequeña habitación que huele a libro viejo y humedad, entre la tercera y la cuarta, sobre niños héroes, entrando en un callejónsito, con "Celos", de Fanny Lú de fondo.

Saqué mi dinero. Sólo diez dolares. Maldije mi mala fortuna, pero recé para que el fin del mundo se postergara, y la librería siga en píe cuando regrese a las calles del centro. Compré dos. Manufacturados en el siglo veinte. "El filo de la navaja" Y "El descenso de Xanadú", por que recordé una historia acerca de Marco Polo y sus rutas de comercio. No sabía de que tratarían. No sabía si aguantarían el viaje a playas. Pero sabía que había encontrado un anatema. Un futuro éxodo de mi alma. Finalmente un espacio donde "Frankenstein Pasional" no me esperé alrededor del pasillo. Un retiro para mi alma. Y una razón para ahorrar. Mierda que es bueno.

lunes, 17 de enero de 2011

En Oaxaca, el cielo se alcanza más fácil.

(Cabe notar que realmente no recuerdo muchas cosas, y que omitiré muy pocas cosas por motivos muy personales. No lo recuerdo todo, y es muy muy difícil expresar con nitidez lo que sentía. Iré avanzado en la experiencia conforme me sienta cómodo, por que son muchas, muchas cosas.)

El verano pasado, fui de pseudo vacaciones a las verdosas tierras de Oaxaca. Como buenos "turis" rentamos guías, fuimos a ruinas, y comíamos quesadillas en la noche en algún restaurante en el Zócalo. Una buena experiencia sin espacio para dudas, pero nada particularmente especial. Con la excepción de sucumbir a la potente merced de la psilocibina, obviamente acompañado. Omitiré algunas cosas muy personales, pero haré énfasis en los momentos importantes. Tomamos un taxi desde el centro de Oaxaca, a San José del Pacífico. En las dos horas de camino, y una sola parada, noté como el cielo parecía estar más , además de como el paisaje denotaba diferentes matices de verde, café, y en algunos casos azules, (por los escasos ríos) en casi cualquier tamaño y forma. En cuanto llegamos a la área de bosque, notamos una cabaña con la Cara de Santa Sabina inmortalizada en un logotipo nada humilde en su pórtico. Un buen augurio. Al cabo de unos minutos de seguir por caminos, vueltas, y baches, (Cual serpientes y escaleras) también noté como la escasa niebla escalaba en su densidad conforme subíamos.

Nos bajamos de la van, en San José del Pacífico. Un humilde pueblo con vestigios de no ser tan desamparado. Justo en frente de la parada. Un café con una cartulina explicando los diferentes tipos de hongos. Del lado contrario, otra parada, y taxis verdes. Nuestro regreso. Casas en los cerros, difícilmente se podía ver el suelo, ya que plantas cubrían casi en su totalidad (salvo el pavimento) el suelo. Nos subimos a un taxi y pedimos de favor que nos llevaran a cabañas. Y si conocía a alguien que vendiera la mencionada psilocibina. Cincuenta pesos un 'trip' regular, ochenta por un "derrumbe". La señora recomendó no comprarlos a menos de que se tenga experiencia. Me conforme con un trip normal. Se me entregaron ocho pequeños hongos llenos de tierra envueltos en una hoja.

Llegamos a una que fue de nuestro total agrado, justo en frente del bosque. Kilómetros y kilómetros de bosque, hasta donde la vista alcanzaba. Incluso con la niebla. Cabañas con facilidades, chimenea, etcétera. No habíamos comido, y subimos a la cabaña principal para hacerlo. Pedí quesadillas con champiñones, simplemente por el placer de la ironía. Una coca por si las dudas. Las comimos en nuestra cabaña a éso de las 1-2 de la tarde. Oh sorpresa, cuando nos dimos cuenta de que eran las peores quesadillas del mundo, y ya las habíamos rellenado con nuestro trip. Decidí mejor pellizcar mis hongos de la quesadilla, y lamentaba profundamente haber pedido mi quesadilla de champiñones, ahora tenía que diferenciar como vil idiota entre un champiñón y un minúscula arma metafórica cargada con la suficiente triptamina para desasociar mi cuerpo de mi mente.

Después de diez minutos de pellizcar y oler, encontré mis hongos algo desmenuzados. Di un respiro hondo y comí la mitad.
"Debí haberlos lavado mejor. -pensé, "tengo un sabor a tierra."
Quité una cobija de la cama, y salí al pórtico de la cabaña que daba directamente al bosque. Me senté en una silla, los demás estaban en las otras, en la misma área. Hablamos un poco, pero yo me concentraba en lo que sentía, indicios del efecto. Alucinaciones. Nada. Pasaron cuarenta minutos. Y simplemente me sentía más relajado.

Me paré al baño sin esperar nada. Me bajé el cierre y proseguí a orinar. Vi, para mi completa diversión, como el chorro de líquido tenía un color anaranjado fosforescente. Reí casualmente. Me miré al espejo y recordé algunas anécdotas que había escuchado de personas que tenían malos viajes cuando se veían al espejo. Por un instante, sentí miedo. Me arrepentí pero rápidamente cambie de mentalidad, respire de nuevo, hondo, y me acomode bien los pantalones. (Los de verdad y metafóricos.) Hasta este momento no sentía nada en especial, ninguna sensación ajena a experiencias previas. Salí del baño y conté lo que vi. Ahora noté que todos ya habían entrado al viaje, cuando yo recién ponía un pie en la entrada.

Me encobijé, subí las piernas a la silla, y tomé una posición en la que me consideraba cómodo y seguro. Los efectos subían. Me envolvió una sensación de empatía por las personas a mi alrededor. Sentía lo que los tres sentían. Era como si pudiera estar en sus zapatos y legítimamente podía ver las cosas desde su perspectiva. Cuando hablaba, me preocupaba que todos me entendieran y que mi mensaje fuera muy claro, especialmente a alguien que no estaba ahí. Aparte de mí, eran tres personas. Sentía una cuarta. Y realmente quería que esa cuarta persona me escuchara, aun que sabía que era irreal. Me pregunte que si era lo que los "peyoteros" le llaman "El Abuelo." Me encogí de brazos y me concentre en otras cosas. Me pare a comerme los hongos que quedaban. Regresé y me senté.

Mis pensamientos me envolvieron completamente. Era como si no estuviera ahí. Pensaba que hacer en caso de emergencia, resolví varias opciones, y al final me dije que no debía ser paranoico. Me deje ir. Palabras, frases, risas, miradas, ruinas, cenas, experiencias y personas hacían eco en mi mente. Revivía con la renovada perspectiva de un tercero lo que viví en los últimos días. Era como ver una película. Pensé como trataba a las personas, con cautela. Pensé como mi aparentemente casual prejuicio dictaba como me comportaba con ellas. Sentí mi error. Por breves segundos, yo era esas personas. No era un sentimiento ni negativo ni positivo. Resolví varios problemas que tenía reprimidos, y diseñé mi propia filosofía, basada en muchas cosas.

Justamente cuando terminé de pensar esto, noté como la neblina ya se había ido, sólo que no me había dado cuenta. Me crucé de brazos y aprecié el valor simbólico. Un amigo al cual conozco desde toda la vida, subió a un tronco que estaba cortado a la mitad, se paró, dio la vuelta y nos dijo algo de lo que no me acuerdo. En cuanto bajó, escuché el sonido que ni la más detallada onomatopeya podría igualar. Fue un sonido chillante, pero áspero y agudo.

En un lapso de quizás segundo y medio de cuando recién lo escuché y procesé, tuve un intenso y rápido debate conmigo mismo acerca de si reírme o no. No era nada especialmente divertido, pero me causaba mucha gracia, eso era seguro. Si reía, iba a parecer un completo idiota, e inclusive podía molestar a la gente de mi rededor. Era capaz de aguantar la risa, no había el menor problema. Cuando recordé la frase que me dije en el baño. "Libérate ante la experiencia y contigo mismo." Risa salió disparada de mi boca. Sentía como molestaba a las personas de mi alrededor. Era una risa incontrolable, una risa que me consumía. Quería decirles que no podía parar, pero no podía. Esperaba que entendieran.

Justo cuando el sonido me dejo de parecer gracioso, simplemente más y más imágenes aparecían en mi imaginación. Llegó un punto el que reí por puro placer. En el que reía de simple felicidad. No estoy seguro por cuanto reí, ni siquiera podría dar una aproximación exacta. Lo recuerdo muy bien, comencé parado recargado en una pilar en el que se apoyaba la cabaña. Cuando acabe de reír, estaba en cuclillas, abrazando un tronco que tenía cerca.

Antes de que me diera cuenta, mi cara estaba mojada con mis lágrimas. Había parado de reír. Pero seguía llorando. Lloraba desconsolado. Sentía cada una de mis lágrimas recorrer mi cara, y cayendo al suelo. Apoyé mi cabeza en el tronco y cerré los ojos. Mi primera visión. El tronco en el que estaba apoyado sirvió de cápsula para un viaje. Vi y sentí como entraba en el tronco lentamente y conforme lo hacía, mis ropas se iban despojando solas. La toma se abrió lentamente hasta ver la tierra de perfil, partida la mitad, viendo su coraza. Las raíces del tronco llegaban hasta el centro de la tierra y viaje por una de las raíces. Estaba en una posición fetal y en cuanta más bajaba, más joven me hacía, hasta llegar a un punto donde me di cuenta, casi al llegar al centro, que era un bebé.

Tanta fue la intensidad que daba la sensación que podría llegar a perder el conocimiento, y no quería preocupar a nadie. Abrí los ojos y regresé a Oaxaca. Un arbusto muy grande estaba frente mío. Para mi sorpresa, vi como botones se transformaban en flores rosas en el arbusto. La belleza fue hipnotizante. Y de nuevo, el valor simbólico fue muy placentero. Me di cuenta que mis lágrimas se habían secado. Me paré. Me recargué nuevamente en el pilar, crucé los brazos y no hice el mínimo intento de limpiar mis lágrimas. Era como si fuera un guerrero, cubierto totalmente de cicatrices de batallas pasadas. Estaba completamente orgulloso de haber llorado. Estaba realmente feliz de haberme encontrado. Me descubrí como algo más que ser humano. Entendí que mi alma trasciende mi cuerpo y que el amor no se puede definir por concepciones sociales. Recordé una frase que se me ocurrió en el camino.

"En Oaxaca, el cielo se alcanza más fácil."

Y di a relucir una honesta sonrisa de oreja a oreja.