El verano pasado, fui de pseudo vacaciones a las verdosas tierras de Oaxaca. Como buenos "turis" rentamos guías, fuimos a ruinas, y comíamos quesadillas en la noche en algún restaurante en el Zócalo. Una buena experiencia sin espacio para dudas, pero nada particularmente especial. Con la excepción de sucumbir a la potente merced de la psilocibina, obviamente acompañado. Omitiré algunas cosas muy personales, pero haré énfasis en los momentos importantes. Tomamos un taxi desde el centro de Oaxaca, a San José del Pacífico. En las dos horas de camino, y una sola parada, noté como el cielo parecía estar más , además de como el paisaje denotaba diferentes matices de verde, café, y en algunos casos azules, (por los escasos ríos) en casi cualquier tamaño y forma. En cuanto llegamos a la área de bosque, notamos una cabaña con la Cara de Santa Sabina inmortalizada en un logotipo nada humilde en su pórtico. Un buen augurio. Al cabo de unos minutos de seguir por caminos, vueltas, y baches, (Cual serpientes y escaleras) también noté como la escasa niebla escalaba en su densidad conforme subíamos.
Nos bajamos de la van, en San José del Pacífico. Un humilde pueblo con vestigios de no ser tan desamparado. Justo en frente de la parada. Un café con una cartulina explicando los diferentes tipos de hongos. Del lado contrario, otra parada, y taxis verdes. Nuestro regreso. Casas en los cerros, difícilmente se podía ver el suelo, ya que plantas cubrían casi en su totalidad (salvo el pavimento) el suelo. Nos subimos a un taxi y pedimos de favor que nos llevaran a cabañas. Y si conocía a alguien que vendiera la mencionada psilocibina. Cincuenta pesos un 'trip' regular, ochenta por un "derrumbe". La señora recomendó no comprarlos a menos de que se tenga experiencia. Me conforme con un trip normal. Se me entregaron ocho pequeños hongos llenos de tierra envueltos en una hoja.
Llegamos a una que fue de nuestro total agrado, justo en frente del bosque. Kilómetros y kilómetros de bosque, hasta donde la vista alcanzaba. Incluso con la niebla. Cabañas con facilidades, chimenea, etcétera. No habíamos comido, y subimos a la cabaña principal para hacerlo. Pedí quesadillas con champiñones, simplemente por el placer de la ironía. Una coca por si las dudas. Las comimos en nuestra cabaña a éso de las 1-2 de la tarde. Oh sorpresa, cuando nos dimos cuenta de que eran las peores quesadillas del mundo, y ya las habíamos rellenado con nuestro trip. Decidí mejor pellizcar mis hongos de la quesadilla, y lamentaba profundamente haber pedido mi quesadilla de champiñones, ahora tenía que diferenciar como vil idiota entre un champiñón y un minúscula arma metafórica cargada con la suficiente triptamina para desasociar mi cuerpo de mi mente.
Después de diez minutos de pellizcar y oler, encontré mis hongos algo desmenuzados. Di un respiro hondo y comí la mitad.
"Debí haberlos lavado mejor. -pensé, "tengo un sabor a tierra."
Quité una cobija de la cama, y salí al pórtico de la cabaña que daba directamente al bosque. Me senté en una silla, los demás estaban en las otras, en la misma área. Hablamos un poco, pero yo me concentraba en lo que sentía, indicios del efecto. Alucinaciones. Nada. Pasaron cuarenta minutos. Y simplemente me sentía más relajado.
"Debí haberlos lavado mejor. -pensé, "tengo un sabor a tierra."
Quité una cobija de la cama, y salí al pórtico de la cabaña que daba directamente al bosque. Me senté en una silla, los demás estaban en las otras, en la misma área. Hablamos un poco, pero yo me concentraba en lo que sentía, indicios del efecto. Alucinaciones. Nada. Pasaron cuarenta minutos. Y simplemente me sentía más relajado.
Me paré al baño sin esperar nada. Me bajé el cierre y proseguí a orinar. Vi, para mi completa diversión, como el chorro de líquido tenía un color anaranjado fosforescente. Reí casualmente. Me miré al espejo y recordé algunas anécdotas que había escuchado de personas que tenían malos viajes cuando se veían al espejo. Por un instante, sentí miedo. Me arrepentí pero rápidamente cambie de mentalidad, respire de nuevo, hondo, y me acomode bien los pantalones. (Los de verdad y metafóricos.) Hasta este momento no sentía nada en especial, ninguna sensación ajena a experiencias previas. Salí del baño y conté lo que vi. Ahora noté que todos ya habían entrado al viaje, cuando yo recién ponía un pie en la entrada.
Me encobijé, subí las piernas a la silla, y tomé una posición en la que me consideraba cómodo y seguro. Los efectos subían. Me envolvió una sensación de empatía por las personas a mi alrededor. Sentía lo que los tres sentían. Era como si pudiera estar en sus zapatos y legítimamente podía ver las cosas desde su perspectiva. Cuando hablaba, me preocupaba que todos me entendieran y que mi mensaje fuera muy claro, especialmente a alguien que no estaba ahí. Aparte de mí, eran tres personas. Sentía una cuarta. Y realmente quería que esa cuarta persona me escuchara, aun que sabía que era irreal. Me pregunte que si era lo que los "peyoteros" le llaman "El Abuelo." Me encogí de brazos y me concentre en otras cosas. Me pare a comerme los hongos que quedaban. Regresé y me senté.
Mis pensamientos me envolvieron completamente. Era como si no estuviera ahí. Pensaba que hacer en caso de emergencia, resolví varias opciones, y al final me dije que no debía ser paranoico. Me deje ir. Palabras, frases, risas, miradas, ruinas, cenas, experiencias y personas hacían eco en mi mente. Revivía con la renovada perspectiva de un tercero lo que viví en los últimos días. Era como ver una película. Pensé como trataba a las personas, con cautela. Pensé como mi aparentemente casual prejuicio dictaba como me comportaba con ellas. Sentí mi error. Por breves segundos, yo era esas personas. No era un sentimiento ni negativo ni positivo. Resolví varios problemas que tenía reprimidos, y diseñé mi propia filosofía, basada en muchas cosas.
Justamente cuando terminé de pensar esto, noté como la neblina ya se había ido, sólo que no me había dado cuenta. Me crucé de brazos y aprecié el valor simbólico. Un amigo al cual conozco desde toda la vida, subió a un tronco que estaba cortado a la mitad, se paró, dio la vuelta y nos dijo algo de lo que no me acuerdo. En cuanto bajó, escuché el sonido que ni la más detallada onomatopeya podría igualar. Fue un sonido chillante, pero áspero y agudo.
En un lapso de quizás segundo y medio de cuando recién lo escuché y procesé, tuve un intenso y rápido debate conmigo mismo acerca de si reírme o no. No era nada especialmente divertido, pero me causaba mucha gracia, eso era seguro. Si reía, iba a parecer un completo idiota, e inclusive podía molestar a la gente de mi rededor. Era capaz de aguantar la risa, no había el menor problema. Cuando recordé la frase que me dije en el baño. "Libérate ante la experiencia y contigo mismo." Risa salió disparada de mi boca. Sentía como molestaba a las personas de mi alrededor. Era una risa incontrolable, una risa que me consumía. Quería decirles que no podía parar, pero no podía. Esperaba que entendieran.
Justo cuando el sonido me dejo de parecer gracioso, simplemente más y más imágenes aparecían en mi imaginación. Llegó un punto el que reí por puro placer. En el que reía de simple felicidad. No estoy seguro por cuanto reí, ni siquiera podría dar una aproximación exacta. Lo recuerdo muy bien, comencé parado recargado en una pilar en el que se apoyaba la cabaña. Cuando acabe de reír, estaba en cuclillas, abrazando un tronco que tenía cerca.
Antes de que me diera cuenta, mi cara estaba mojada con mis lágrimas. Había parado de reír. Pero seguía llorando. Lloraba desconsolado. Sentía cada una de mis lágrimas recorrer mi cara, y cayendo al suelo. Apoyé mi cabeza en el tronco y cerré los ojos. Mi primera visión. El tronco en el que estaba apoyado sirvió de cápsula para un viaje. Vi y sentí como entraba en el tronco lentamente y conforme lo hacía, mis ropas se iban despojando solas. La toma se abrió lentamente hasta ver la tierra de perfil, partida la mitad, viendo su coraza. Las raíces del tronco llegaban hasta el centro de la tierra y viaje por una de las raíces. Estaba en una posición fetal y en cuanta más bajaba, más joven me hacía, hasta llegar a un punto donde me di cuenta, casi al llegar al centro, que era un bebé.
Tanta fue la intensidad que daba la sensación que podría llegar a perder el conocimiento, y no quería preocupar a nadie. Abrí los ojos y regresé a Oaxaca. Un arbusto muy grande estaba frente mío. Para mi sorpresa, vi como botones se transformaban en flores rosas en el arbusto. La belleza fue hipnotizante. Y de nuevo, el valor simbólico fue muy placentero. Me di cuenta que mis lágrimas se habían secado. Me paré. Me recargué nuevamente en el pilar, crucé los brazos y no hice el mínimo intento de limpiar mis lágrimas. Era como si fuera un guerrero, cubierto totalmente de cicatrices de batallas pasadas. Estaba completamente orgulloso de haber llorado. Estaba realmente feliz de haberme encontrado. Me descubrí como algo más que ser humano. Entendí que mi alma trasciende mi cuerpo y que el amor no se puede definir por concepciones sociales. Recordé una frase que se me ocurrió en el camino.
"En Oaxaca, el cielo se alcanza más fácil."
Y di a relucir una honesta sonrisa de oreja a oreja.
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