“Esas piernas…”-El Inspector musitó mientras le daba una bocanada a su cigarro. Habían comenzado a montar luces eléctricas en muchas partes de Londres, pero East End necesitaba estar satisfecho con, todavía, sus clásicas lámparas de gas. De alguna forma, los pobres de ahí estarían a nada de vandalizar las nuevas luces de East End. El gobierno lo sabía, por eso dejó a East End libre de electricidad por algún tiempo. O por lo menos eso creía el Inspector.
“Siempre son ésas cojonudas piernas las que me traen embrollos sacados de una jodida obra, donde un maldito adolescente tiene que cruzar el país para hacer alguna que otra estupidez, y en el camino, siempre le pasan mas estupideces que ponen en peligro su vida. Como los conflictos Shakesperianos, sólo que en éste caso, sería sin adolescentes. ¿Las ha visto, Frederick? Sé que si, no actúe al bobo.” El Inspector dio a relucir una confianzuda sonrisa. La luz de la calle se colaba por las cortinas del escasamente iluminado despacho del el Inspector.
“Si, pocas veces. Son malísimas.”-Frederick dijo cabizbaja. El Inspector se paró de su bien conservado asiento de escritorio, volteó a ver la calle, casi en un estado meditativo y noto que la lluvia no había parado desde hacía ya un día. Coincidentemente una linda señorita pasaba por ahí con un paraguas.
“Mire, Frederick. Ahí. Algún otro pobre diablo va a intentar garchársela, sólo para después meterse en un reverendo problema que ella cause. Considerando, claro está, que el susodicho no corte total comunicación con ella. Siempre es igual, todas las bonitas piernas traen problemas. Ya sea pidiéndote favores en la policía, o pidiéndote que pagues la cuenta del restaurante. Como sabemos, Fred, el primero caso es el mío. Y tal caso no va impune en la comisaría de East End.”-dijo vehemente el Inspector, dejando el cigarro prendido sobre unos documentos.
El detective viró, y camino al otro lado del despacho. Llego al perchero, y cogió unos cigarros y un encendedor de su elegante, pero desgastado saco. Caminó hacía la otra esquina, y le ofreció uno al sargento Frederick. El sargento tomó cuatro cigarrillos con una sola mano, y miró al Inspector.
“No le molesta, ¿verdad?, es por si mi mujer me encuentra los otros” –dijo el Sargento.
“Con todo lo que hemos pasado, ¿cómo molestarme por tan poco, Fred?” –respondió en tono burlesco el Inspector. Callahan se volteó una vez más, viendo el hipnótico efecto de la lluvia caer en las lúgubres calles de Londres.
Hubo un silencio de unos cuantos segundos. Al Inspector le pareció una eternidad, tenía mil y un problemas que resolver, de poca a mucha importancia. Hacer trabajo sucio de rigor, su hija perdida, la demanda de su ex esposa, el tráfico de opio que rondaba por las calles, limpiar su nombre en la comisaría, y… ésas piernas. Con más detalle, Natalie.
“Todavía pensando en Natalie, eh Casanova?”-irrumpió en los pensamientos del Inspector. Fue como si el Sargento pudiera leer su mente. No le sorprendería, el Sargento era muy bueno interrogando rehenes, y más bueno todavía descifrando al Inspector cual predecible nóvela de romance. Callahan seguía pensando.
“Si…pero no se haga guaje, sabe muy bien lo que me ha causado por salvar su terso pellejo.”-arremetió el Inspector, con cierto desdén hacia la chica.
Frederick encendió su cigarrillo, cerró los ojos e inhaló profundamente. Mientras exhalaba el humo, dejo caer un poco de ceniza en unos documentos que no servían de mucho. Postro sus botas en el escritorio del despacho, y miro casualmente al viejo ventilador del techo. Se movía lento, pero aún así, rechinaba cada revolución.
“¿Qué te puedo decir, Callahan? A los dos nos gustan cosas que, tarde o temprano, terminan perjudicándonos. Como el cigarro.”-dijo el Sargento Frederick
“Así las cosas resultan más interesantes, de cualquier manera.” –contestó el Inspector Callahan.
“¿Podrías repetírmelo, Callahan? ¿Cómo empezó todo? Me calma escuchar tus desgracias. Es como un crío escuchando historias de dormir”-Frederick rió.
El Inspector se dio la vuelta, reclinándose en la ventana que daba hacia la calle. Sacó su cajetilla de cigarros, y la meneó junto con una desafiante sonrisa.
“Recuerda que soy tu banco de cigarros sin fondos ni impuestos, viejo sabueso”-dijo con sorna Callahan.
“Cuida tu boca, jovenzuelo. Que mi mujer me tenga en correa no significa que no pueda morder.”-replicó indignado.
El Inspector soltó una sonora carcajada, se cruzó de brazos y desvió su mirada de nuevo, a las solitarias calles.
“Ya hace un mes desde el incidente. Yo todavía estaba batallando a mi ex esposa, cuyos comentarios corroen mi paciencia. Y no era por mucho, algunas cosillas sin menor importancia. Como macetas, ollas y demás. El opio estaba y está de moda en East End, como bien sabemos, y Frederick, estoy hasta el cuello de investigaciones y problemas; mi hija, Mary, había decidido darse un escapada romántica con su noviecito, los dos de diecisiete años.
Dudo que puedan cambiarse los pañales solos. Los dos no tuvieron la mínima consideración con sus padres, incluyéndome; no les avisaron cuando regresaban, ni a donde iban. Simplemente se dieron a la fuga. Su madre está en eso. Supongo que pueda hacer algo más que insistirles a los oficiales. Mi niña es inteligente, puede estafar al más vil de los gitanos, no lo dudo.
Justo cuando el estrés estaba que me reventaba en el consciente, decidí ir a un pub de costumbre para relajarme. Allí, conoció a una linda chica. Inteligente, sociable, de sangre liviana, pelo corto, el perfecto balance de maquillaje y naturalidad, sofisticada, pero a la vez mundana, piernas como galgo, figura de reloj de arena, piel blanca y el Inspector no dudo que sedosa al tacto. Hablamos un rato, y bueno, ya sabes lo demás…acabamos en mi cama. Nunca he tenido un mejor sexo, maldita sea.
Natalie sabía lo que hacía perfectamente La relación, si así se le puede llamar duró por algunas semanas. Salíamos de East End, no nos gusta East End, una cualidad en común enorme.
Me contó que trabajaba en una mueblería. Yo, por supuesto, siendo el caballero honesto que soy, le confesé que era Inspector en la fuerza especial de East End. No se mostró sorprendida. Ni un poco. Me comprometí a no investigar a Natalie, aun que tenía y tengo el presentimiento que era muy buena para ser verdad. De cualquier manera, un día saliendo del mismo pub, casualmente, la vi gritándole a los hermanos Brighton. Ya sabes, los brutos que extorsionan a prostitutas a cambio de protección.”.
–El Inspector hizo un ademán de comillas.
“Todos sabemos lo que hacen. Y no todas las prostitutas necesitan la susodicha protección. Entonces, se que algo se traía entre manos Natalie, pues no es ninguna prostituta.”
Alguien toco a la puerta, y se abrió bruscamente. El Agente Chaplin se disculpó, y entró al despacho.
“Maldición, Callahan. Éste lugar está cada día más desordenado.”-bramó Chaplin.
“Y tenga por seguro que así estará hasta el día que me retire, Agente. Ahora, ¿qué necesita?, interrumpió un hermoso relato.”
El Agente Chaplin se quitó su sombrero de copa, y titubeó nerviosamente por un momento. El Inspector Callahan seguía mirando por la ventana.
“C-Cateamos a un vago en la calle que vendía opio, nuestras fuentes dan a inferir que podría conocer a quien la exporta. El Jefe ordena que lo interrogues, y que averigües donde está su acreedor. O por lo menos que escupa d-donde esconde todo el o-opio.”
Cuando débilmente farfulló su última palabra, apretó su sombrero de copa. Su intención fue transmitir agresividad y un puño de hierro cuando de crímenes se tratara, pero se malinterpretó como un ex adicto al opio, tratando de soltar ése mal sabor de boca.
Callahan cerró los ojos e inhaló. Volteó y caminó decididamente hasta el perchero. Tendió su saco, y el de Frederick, al igual que su sombrero de copa café. Café cedro, la moda entonces. Callahan arrojó el saco y el sombrero a Frederick, y exclamó apurado:
“Bien, bajaremos enseguida. El cuento de hadas tendrá que esperar para otra ocasión, Fred. El trabajo llama.”-dijo Callahan.
Fred lo echó con un gesto di misivo de la mano.
“Como si tardara tanto, es más, estoy dispuesto a ayudarte. Apuesto una botella de whiskey a que lo quiebro en ocho minutos”-rebuscó Frederick.
Mientras Callahan se acomodaba la corbata como podía, mala vareaba con acomodarse su confiable revolver en la funda, justo debajo de su saco.
El Agente Chaplin ni se inmutaba, mantenía la misma posición que de hace un rato.
“Trato hecho, Fred. Ahora, Agente Chaplin, ¿cómo nos vamos?”-dijo Callahan.
“Hay un nuevo vehículo eléctrico, suministrado por la fuerza, estoy autorizado para manejarlo.”
“Vaya,” –Frederick interrumpió. “Lond-, no, East End está modernizándose, ¿eh?”
“No lo sé señor, todos los caballos están un poco consternados por las nuevas maquinas, quizás toda la tecnología no es para bien…”- repuso Chaplin
“Tonterías, Agente. Es lo más natural para el hombre sacarle provecho a su propio intelecto, o conocimiento. Es lo que hacen todos para sobrevivir, usted, yo, el carpintero y el viejo sicario cojo de la esquina. Y en este caso, tal intelecto es usado para superar la tecnología existente.”-repuso iracundo Frederick.
“Guarden sus energías para intimidar al vago, caballeros. Ahora, sin más preámbulo, vámonos.”-dijo Callahan, todavía con su saco torcido, su corbata mal amarrada, y el cuello de su camisa debajo de su chaleco.
Salieron a la calle, y los tres se cubrieron con sus sacos para resguardarse de la lluvia. Frederick y Callahan subieron a los asientos de atrás. Callahan amaba viajar a ésas horas de la noche, el flujo de el transito era prácticamente nulo, a comparación de las doce del día, donde no se puede caminar sin que alguien te pregunte si tienes un penique que regalar. O el constante casqueo de los caballos, O simplemente, los chismes que parecían volar de boca en boca de las señoras que se congregaban justamente afuera del mercado que acaban de pasar. El viaje fue silencioso, todos estaban disfrutando su propio momento.
Cuando llegaron a la comisaría, el Agente Chaplin explicó que tenía que estacionar el vehículo en las cercanías. Callahan y Frederick bajaron del automóvil, y se cubrieron, de nuevo, con sus respectivos sacos. Cuando entraron, el agente en turno les dio la bienvenida, y los llevo a la sala de interrogación.
“Bien. ¿Algo qué debamos de saber? Detalles, lo que sea.”-dijo Callahan
“Nada que ustedes o yo no sepan, o que no les hayan informado. Tiene opio, averigüen cuanto, cómo, y de quién.”
Frederick asintió, dio las gracias y colocó su saco en el perchero de la comisaría. Callahan le siguió e hizo lo mismo.
“Chaplin tiene la razón. Te ves como un vago bien vestido con la corbata como la tienes puesta.”-dijo Frederick.
“Pues no soy precisamente el rey de la moda, ni tengo la vergüenza suficiente para escucharte, abuelo”-dijo en tono triunfal.
Frederick rió, una vez más e hizo una señal de la mano, dando a inferir que entraría a la sala de interrogación. Cuando Fred entró a la sala, pudo ver a un sucio pueblerino como si se acabara de caer en una carreta en movimiento. Dientes chuecos, camisa con trazos de su propia sangre, cabello que desesperadamente necesitaba un corte, y un ojo hinchado. Frederick pensó por qué nunca le tocaba interrogar más seguido a villanos sofisticados. Se encogió de brazos, se sentó delante del lastimado Bright y sintió la frialdad de la sala, siempre funcionaba. La dureza de la mesa, la tensión que el mismo imponía, y el claro hecho de que no le importaba que pasara con Brighton.
“Bien hijo. No hagas esto difícil, primero lo primero. ¿Dónde conseguiste el opio y cómo terminaste tan golpeado? –dijo calmadamente Frederick.
El sucio hombre miró a la mesa, se limpió los mocos y los embarró en su de por si sucia camisa blanca. Dio a relucir una desdentada sonrisa, con trazos de sangre en sus molares.
“No me creería aun que se lo contara, Agente.”-dijo casualmente.
“Sargento. Trata y mejor hazlo rápido, quiero mi botella de whiskey”. –repuso coléricamente el Agente. Saco su reloj de bolsillo del bolsillo (vaya la redundancia) de su chaleco.
“Dos minutos, más le vale al soquete apresurarse”-pensó Frederick.
“Oh, ¿un Sargento? Todo u-
“¡Mierda bufón, sólo dilo! Tengo la autoridad de mandarte a Arabia Saudita si se me pega la gana.”-El Sargento se levanto de su asiento, golpeando con sus palmas abiertas la mesa. Brighton se echó para atrás pero mantuvo la compostura.
“Bien, bien. ¡Fue ésa furcia, Natalie Church! Fue ella la que me dio el opio, y fue ésa desgraciada la que me dejo así, Sargento.” –Brighton comenzó a sollozar, estaba sumamente avergonzado de ser golpeado por una mujer.
“¡P-p-pero tenía un cuchillo y-y-y me dijo que…estaba poseída por el d-demonio mismo!-trato de arreglar Brighton. Fue en vano, Frederick sabía leer perfectamente a quienes se proponía.
Después de unos cuantos segundos, Frederick no aguantó la risa y se soltó a carcajadas. Después de poco tiempo, cuando la risa dejo de ser tan potente, Callahan ingresó a la sala. Tenía una leve sonrisilla, le agradaba la idea que tal vez fuera por eso que Natalie hablara con Brighton.
“Al demonio mi botella de whiskey, Callahan. ¿Ya oíste a este tipo? Es material inédito.” Callahan sabía lo que le causaba tanta gracia a Fred. El hecho de que Natalie fuera su ‘noviecita’. Mas no lo quiso decir, porque hasta el bruto de Brighton lo anotaría en su inestable consciente. Frederick se levantó de su asiento, levemente riendo.
“Todo tuyo, yo ya no puedo. Al diablo con la botella, yo la invito, la vas a necesitar.”-dijo Frederick, palmeando a Callahan en el hombro. Callahan viró y asintió. Se sentó en el asiento, y notó que Brighton estaba cabreado.
“Tranquilo, Brighton. Esto no sale de aquí, y ¿sabes qué más no sale de aquí si no coopera? Tú. Escupe la sopa, rufián. Y con detalles.”-Callahan con dificultad podía suprimir la risa. Y el orgullo.
“Muy bien. Pero tiene que prometerme señor, me tiene que dejar libre después de que le diga todo.-respondió Brighton con un hipo al final.
“Tienes un trato. Comienza.”
“Natalie Church tiene la pinta de ser un ángel. Son imágenes. Una reprimenda por no recordar el dicho de “no juzgar a un libro por su cubierta”. Vera, señor, no creo que usted la conozca pero aún así. Tengo que decírselo. Ella trafica opio, me vendió un poco…y después me dijo que si…pues verá señor…”
“¿Extorsionando a las prostitutas? Todos lo saben, prosigue. –interrumpió Callahan
“Pues exactamente puedo hacer un compromiso con usted. Uno de mis lacayos tiene un lugar de reunión con Natalie…puedo decirle cuándo a qué hora y dónde. Solo si me permite salir de esta comisaría impune. ¿Qué dice, trato?” –dijo Brighton, claramente confiado.
El Inspector se levantó, camino hasta donde estaba sentado el sospechoso, y se postró a su lado. Brighton parecía confundido, no tenía idea de las intenciones de Callahan. Callahan agarró a Brighton de la cabeza rápidamente, y lo estampo contra la mesa de metal. Tal fue la fuerza del impacto, que el bruto comenzó a sangrar instantáneamente. Las carcajadas de Frederick se escuchaban a lo lejos, quizás un poco ahogadas por la mecánica de la sala de interrogación.
“Que quede muy claro, Brighton. No hago tratos con pusilánimes intentos de delincuentes. Y mucho menos me importa esta Natalie Church –el Inspector blofeó- Pagarás una multa por posesión de opio, pasarás tres días en la cárcel, y si no me dices donde puede atrapar a ésa mujer, me aseguraré de conseguirle a algún tipo de la prisión una nueva novia desdentada. No te lo voy a repetir, ¿donde se encontrara tu amigo con Natalie? ”-urgió Callahan.
“Si oficial…-repuso agriamente.- Se encontraran en el London Pool, en dos días, a las nueve de la noche. E-Espero que cumpla su palabra, oficial.”
Callahan dio a relucir una sonrisa de satisfacción. Había ganado.
“Así se habla. Disfruta tus tres días en la cárcel y multa, Brighton.”-dijo Callahan mientras salía de la sala.
Callahan cruzó la puerta, se sacudió las manos por miedo a los piojos, y vio que Frederick todavía reía.
“Obra de Dios, no lo dudo. Las casualidades como estas son increíblemente entretenidas.”-Frederick burló.
“Bien, bien, suficiente. Vámonos, tengo mucho en que indagar.”-repuso malhumorado.
Los dos tomaron sus sacos y salieron, la lluvia había cesado. Quizás Fred tenía razón, una obra de Dios. Castigándolo. Recordándole sus problemas. La lluvia también formaba cómplice de las casualidades. Si había algo que lo reconfortaba, era la lluvia. Ahora lo único que tenía era el constante casqueo de los caballos. Claro, justamente el agente Chaplin había dejado su nuevo vehículo. Pararon por la bien merecida botella de whiskey del Inspector. Frederick compró una botella Mallacan, saco su pluma, y escribió en ella ‘para el mal de amores. Abrazos, tu jefe’. El Sargento se disculpo diciendo que tenía que llegar a su casa tarde o temprano, el Agente Chaplin los dejo a los dos en sus respectivas casas.
Para Callahan, fue de su casa, a su despacho para repasar algunos papeles. Tomo la botella mientras investigaba, bebía tragos directamente de ella. Había desarrollado cierta resistencia al alcohol por sus años en los bajos mundos. Bendición o maldición, daba igual. El caso es que ahora, Natalie resultó ser una traficante de opio. No podía sacarse de la mente ésa primera fatídica noche.
Después de hablar por horas en el pub, regresaron al apartamento de Callahan. No esperaron ni un minuto más, la química desbordaba cualquier estigma social de la época. Cualquier religión, revolución, o metáforas rebuscadas. Todo formo parte de la orquestra de la noche, las sabanas de satín oscuro, los besos de Natalie. Mientras estaban debajo de las sabanas, Callahan introducía su sexo en el de Natalie, se mutaban en uno solo. En un acto que se ha hecho desde siglos, un acto que los unía momentáneamente. Era como si compartieran los mismos sentimientos, los mismos pensamientos. Se veían a los ojos, y sonreían. Sonreían por que hacían tal locura en nombre del amor.
A la mañana siguiente, Natalie tenía sólo un delantal, y comenzó a hacer el desayuno. Termino, lo llevo a la cama y los dos lo comieron. Tal acto era casi nuevo para Callahan, por supuesto, había experimentado la sobriedad de un desayuno a la cama casi hecho de mala gana. Pero era la primera vez que sentía que el desayuno era un ritual más de acercamiento con el hermoso ser humano que tenía enfrente. Casi tan potente como el sexo, pero no tan importante. O por lo menos el no lo creía así.
Justo cuando estaba a la mitad de la botella del virtuoso whiskey y sus proezas, recibió una llamada. Callahan pudo haber preferido que fuera de su doctor, avisándole que iba a morir de un ataque cardiaco, lenta y dolorosamente.
“Me carga el coño. Mi ex esposa. ¿Con qué podría estar jodiendo ahora?”-dijo Callahan, en voz alta. Realmente no podía saber quién era, pero, ¿quién más hablaría a semejantes horas de la noche? Como si alguien estuviera con él. Contestó el teléfono, se propuso no molestarse; ni sonar ni un poco borracho.
-Sí, bueno, ¿quién habla?
-Amanda, cretino. ¿Has averiguado algo de nuestra hija?
-Me dijiste que no moviera un solo dedo en el asunto, que era un bueno para nada.
-No dije eso, solamente no quieres hacer nada por nadie menos tú, como siempre.
Callahan comenzó a perder la paciencia.
-Mira, Amanda, que sigas resentida por tus constantes represiones e inseguridades no es mi culpa. Nuestra hija se fue de tu casa porque eres una maldita bruja. Regresa a Salem, piruja harapienta.
-¿Piruja? Tu eres un maldito vaquero sin educación, sin mí seguirías trabajando de matón. Debí haberte dejado, viejo borracho.
-Como si tuvieras las agallas. Siquiera puedes hacer pavo en un día que no sea Nochebuena.
-Vete al demonio. Gracias por nada, cerdo.
-Un placer, ogro.
Callahan dio fuertes pasos hasta su escritorio, no entendía porque Amanda reaccionaba de tal manera. Hasta eso, el novio de su hija es un buen muchacho. Artístico, un poco inmaduro, pero de buen corazón. Entendía a su hija, el hubiera hecho exactamente lo mismo, con semejante madre. Cerro la botella de whiskey a mejor de su habilidad, se sentó en el escritorio de su despacho, recargo la cabeza en los documentos sobre los que investigaba, y durmió pensando en Natalie.
Durante los dos días siguientes Callahan trato de seguir rastros, pero fue en vano. Salió a tomar el casual café con el Sargento Frederick Morrison, inclusive lo ayudó en sus investigaciones. Tomaron posesión de algunas cosas de opio, se burlaron un poco más del Agente Chaplin y Callahan lleno largos reportes para de poco a poco limpiar su nombre. Pasaron los dos días, y Frederick decidió acompañarlo, en caso de que fuera una emboscada.
Natalie siempre llegaba temprano a sus deberes; decidieron llegar un poco más temprano al muelle de “pool of London”. Eran barrios donde la mala gente lucraba, donde la policía no prestaba protección. La clave era llevar su revólver siempre a la mano, vestirse de civil y contenerse de llamar la atención.
Tomaron una carreta que los llevó hasta allá, bajaron y el Sargento pago. Dos libras, no fue mucho.
“¿Preparado, viejo sabueso?” –dijo Callahan, un tanto nervioso.
“Como siempre. ¿Cuál es plan?”
“Veamos, -Callahan saco su reloj de bolsillo.-Son las siete y media. Demos una vuelta, para conocer los rededores.”
“¡Uy, emocionante! Espero que nos dé la oportunidad de ver una famosa pelea de borrachos del “Pool of London”. Una de mis actividades favoritas.”-Frederick dijo con sarcasmo.
“Un deber es un deber. Pero tenemos que tener en cuenta que hoy no venimos como oficiales, sino como civiles.-Callahan chasqueó los dedos-. ¿Cuál es su nombre de civil, Frederick?
“Rick, el tuerto. –Frederick hizo un ademan de parche.- ¿Y el suyo?”
“Vic Chenkov. Un ex empresario ruso, en busca de la mejor leche del condado.”
Los dos soltaron una sonora carcajada y comenzaron a caminar. Había de todo en el lugar, sobre todo gaviotas. Barcos sucios y sospechosos, tabernas escondidas (de mala muerte, claro está) hombres durmiendo en hojas de papel de periódico, y los silbatos de los barcos que zarpaban.
Ninguno vio a Natalie o alguno de los perros sarnosos de los Brighton. En East End, jamás habían visto a algún “lacayo” (como se refirió Brighton en la sala de interrogación). Pero sabían que buscar. Una mirada perdida, una banal valentía y una sonrisa estúpida.
Al cabo de caminar un rato, no encontraron nada. Dieron, por fin, las ocho y media. Fueron al lugar de reunión. Frederick espero listo con su revólver en una pequeña bodega cerca.
Por fin, después de unos cuantos meses, Callahan iba a ver a su amada. Solamente que no en las circunstancias que el desearía. Camino un poco más hasta reconocer una figura a lo lejos. Un saco elegante, amarrado a la cintura. Acentuaba su figura, y dejaba ver las piernas. Ahora, justo ahora, de todos los momentos, Callahan pensaba en su figura. Típico. Una boina, y sus castaños cabellos saliendo de ella. Lápiz labial rojo y al parecer rímel. Su piel blanca, brillando bajo la luna. Mientras se iba acercando, Callahan comenzó a titubear. ¿Qué le iba a decir? “Sé lo que haces, ya no más”.
En caso de que las cosas salieran mal, tendría que ponerle unas esposas y llevarla a la comisaría. Dudablemente podría ayudarla ahora, Frederick estaba ahí, y ya había manchado mucho su nombre. Natalie volteó a verlo. Lo reconoció instantáneamente, su cara la delataba. Sabía lo que Callahan hacía allí.
“No me haré la tonta, Anthony. Obviamente sabes lo que hago aquí. Soy traficante de opio.”-dijo Natalie, con un tono pasivo. Ella era la única que le había dicho su nombre, y que estaba en todo el derecho de usarlo. Todos los demás lo llamaban por diferentes nombres, títulos o apodos. El ruido de las gaviotas había cesado, la noche ya había caído. Algunas luces del otro lado del muelle se veían.
“Natalie… ¿por qué? Te ayude la otra vez, me dijiste que solo era cosa de una vez, que necesitabas dinero. Moví algunas cuerdas y, pude ayudarte. Pero, ¿convertirte en esto? No es una vida fácil, se que lo sabes, por como dejaste al pobre de Brighton.”
-contestó melancólico el Inspector Anthony Callahan.
Natalie dio una leve sonrisilla cabizbaja. “Todo era un farsa, perdí mi empleo. Veras, Anthony, antes de conocerte tenía un marido. Tenía dinero y yo vivía feliz. Falleció, no sé como…es esto o vivir de puta. Y…”
“¡Puedo mantenernos! ¡A los dos!”-Callahan mintió, estaba desesperado. Y él lo sabía. Quería a Natalie fuera de la mala vida. Anthony dio un paso hacia delante.
“No mientas, Anthony. Es malo para los dos. ¿Y ahora qué, me vas a esposar?”
Callahan la beso. Profundamente. Sabía que era lo mejor. Sabía que iba a terminar dejándola ir, iba a terminar perdiendo su trabajo, su jefe estaba ahí. A lo lejos, se escucho el individual tono de voz de unos de los Brighton. Venía corriendo, a no más de diez metros de distancia con un una pistola en la mano, gritó:
“Ey, qué está pasando aquí se supone que me venderías opio, maldita furcia. Y traes a un detect-“
El Sargento Frederick entró a escena, armado con su siempre fiel revolver. Brighton se volteó y disparó contra Frederick, falló. Frederick se escudriño en unas cajas, mientras que Brighton no titubeo en quedarse ahí parado, como el monigote que era. Callahan vio confundido a Natalie, y está le devolvió la mirada confundida. Saco sus esposas, y agarro una de las muñecas de la chica. Exhaló y confesó:
“Esas piernas… tus malditas piernas siempre me traen problemas. También el simple hecho de que te amo.” Callahan dejo ir su muñeca, y tiró sus esposas al Támesis.
Natalie sonrió.
“También te amo, Anthony.” Y le dio un beso.
“Ahora, corre, mujer. Esposaré a Brighton y crearé una distracción. Trata de mantenerte fuera de problemas, ¿Me lo prometes?”
“Te lo prometo”
“Bien, ahora vete.”
Callahan supo que hacía mal. Que era incorrecto según la ley y su profesión. Pero no le importo. Saco su revólver, beso el cañón y le disparo certeramente a la palma de Brighton. El bruto, dejo salir un chillido de dolor.
“Maldita sea, jodidos cobardes. ¡Son dos contra uno! ¡Si mi hermano estuviera aquí...!” -dijo Brighton, tirado en el suelo. Callahan se acerco, listo para someterlo. En desesperación, Brighton tomo su pistola y se paró. Con la agilidad de un zorro, le disparo a Callahan. Si para algo eran buenos los Brighton, era disparando.
Frederick entro corriendo y le disparo a Brighton justo en la cabeza. No era su estilo, pero tenía que tener por seguro si su amigo estaba bien. El cuerpo de Brighton, cayó al río, ya que estaba moderadamente cerca de la orilla, de cuando se arrastró.
El Sargento llego a donde su amigo yacía tirado, lo agarro de la mano y le dio una cachetada.
“¡Callahan! ¿Dónde te disparo? ¿Estás bien? ¡Responde!”-grito Frederick. No soportaba la idea de perder un amigo. No así. No ahora.
“Cállate, viejo sabueso. ¿Qué no ves que estoy descansando? Me disparo en la pierna, nada grave.-dijo con sorna Callahan.
El Sargento enterró su cabeza entre sus antebrazos y sollozó.
“Gracias a Dios, pensé que habías muerto, idiota.” Dijo Frederick entre lágrimas.
“¿Tan fácil? Nunca. De todas maneras, no sabía que fueras capaz de llorar, anciano.”-repuso Callahan. Con tanta sinvergüenza como si dolor lo dejaba.
“Tenía algo en el ojo. Ven, levántate, ¿no quieres buscar a Natalie?”
“No. Hoy no. Lo que necesito es una venda, mi media botella de whiskey, y un pescado frito.”-dijo levantándose, apoyándose en el hombro de Frederick.
Frederick rodeo el brazo de su amigo alrededor de su hombre, para que tuviera soporte.
“Es lo más inteligente. Qué raro. ¿Una experiencia cercana a la muerte al fin te silencio tu impulsiva psiquis?”-dijo el Sargento, con su perpetua risilla burlona.
Callahan rió y se quejó de su dolor.
Quizás esto no era lo mejor, si podía atrapar a Natalie si así lo deseaba. Pero ahora esto despertaba muchos problemas. En cuanto se recuperara, el otro hermano Brighton saldría a buscar venganza. Y el hecho de que Natalie traficara opio significaba que tenía un acreedor. Uno muy poderoso. El Sargento lo iba a suponer, tarde o temprano. O quizás ya lo sabía. Le iba a exigir a Callahan que detuviese a tal persona. Y por ende, a Natalie. No sabía lo que sucedería…todo era incierto.
